Después de que todos se fueron

Dos adultos en una reunión privada se dan cuenta de que han pasado más tiempo mirando que participando y empiezan a preguntarse si en realidad se estaban observando entre ellos.

A medianoche, la mayoría de la gente se había ido a casa.

Fue entonces cuando Julia se dio cuenta de que había pasado media noche mirando a Noah.

No mirándolo hacer nada especialmente interesante.

Mirándolo mirar a los demás.

La fiesta la habían organizado unos amigos que cuidaban mucho las invitaciones y todavía más las reglas.

Solo adultos.

Privada.

El consentimiento se hablaba en lugar de darse por hecho.

Julia casi había dicho que no.

Tenía cuarenta y dos años, acababa de quedarse soltera y estaba cansada de que sus amigos le dijeran «prueba algo diferente» como si su vida fuera la carta de un restaurante.

Noah había llegado solo.

Cuarenta y cinco.

Alto.

Callado.

Camisa azul marino con un botón mal abrochado.

Julia se fijó en el botón antes de fijarse bien en su cara.

Durante la primera hora apenas hablaron.

Ocuparon lados opuestos de la habitación.

Se metieron en conversaciones distintas.

Aceptaron bebidas.

Miraron.

Eso era todo.

Noah parecía cómodo estando ligeramente fuera de lo que ocurría.

No distante.

Interesado.

Julia lo reconoció porque ella hacía exactamente lo mismo.

A las diez y media terminaron juntos cerca de la cocina.

Noah miró hacia la habitación de al lado.

Luego a Julia.

«¿Tú también?»

Ella frunció el ceño.

«¿Qué?»

«Espectadora.»

Julia se rio.

«¿Se nota tanto?»

«Solo porque yo hago lo mismo.»

«Eso no me hace sentir mejor.»

«No era la intención.»

Se presentaron.

La conversación fue fácil porque ninguno se esforzaba demasiado.

Noah trabajaba en diseño de paisajes.

Julia llevaba una pequeña librería.

Él odiaba los eventos de networking.

Ella odiaba usar networking como verbo.

Coincidieron en que aquella fiesta era, como mínimo, más interesante que el networking.

La noche siguió a su alrededor.

Los adultos hablaban con claridad de lo que les resultaba cómodo.

Algunos participaban en las partes más íntimas de la reunión.

Otros no.

Julia y Noah se quedaron más o menos donde estaban.

Mirando.

Hablando.

Y, de vez en cuando, pillando la reacción del otro antes de que alguno apartara la vista.

En un momento Noah dijo: «Somos malos invitados.»

«¿Por qué?»

«Nos hemos comido la comida y no hemos aportado nada.»

«Yo he traído vino.»

«Eso te salva.»

«¿Y tú?»

«Mi personalidad.»

Julia lo miró.

«Entonces estás endeudado.»

Él se rio.

Aquella risa lo cambiaba.

Lo hacía menos controlado.

A ella le gustó.

A las once y media la reunión se había reducido.

Julia ayudó a recoger vasos.

Noah llevó platos a la cocina.

Los anfitriones los echaron de allí con la mano.

«Vosotros dos no tenéis que limpiar.»

«Estamos compensando nuestra falta de participación», dijo Noah.

Los anfitriones se rieron.

«Mirar también cuenta.»

Julia miró a Noah.

Él la miró.

Algo pasó entre los dos.

Después de medianoche solo quedaban seis personas.

Luego cuatro.

Y durante un rato, solo Julia y Noah con los anfitriones.

A las doce y media los anfitriones subieron después de insistir en que terminaran las bebidas.

La casa quedó en silencio.

Julia se sentó en el sofá.

Noah ocupó la butaca de enfrente.

Durante un momento ninguno habló.

Entonces Julia se rio.

«¿Qué?»

«Lo seguimos haciendo.»

«¿El qué?»

«Sentarnos uno frente al otro.»

Noah miró la habitación vacía.

«Ya no queda mucho que mirar.»

«Exacto.»

Sonrió.

«Puede que sí.»

Julia entendió lo que quería decir.

La idea llegó despacio.

Toda la noche había supuesto que estaban observando juntos a los demás.

Pero muchos de los momentos que mejor recordaba eran las reacciones de Noah.

La ceja levantada.

La forma en que sonreía antes de fingir que no.

Las veces que ella había mirado a través de la habitación y lo había encontrado ya mirándola.

«¿Me estabas mirando?» preguntó.

Noah no fingió no entender.

«Sí.»

La franqueza la sorprendió.

«¿Cuánto?»

«Lo suficiente.»

«Eso no es una respuesta.»

«Casi toda la noche.»

Julia tomó un sorbo de vino.

«¿Por qué?»

Él lo pensó.

«Porque parecías interesada en todo sin intentar apropiarte de nada.»

Ella sonrió.

«Eso ha sonado ensayado.»

«No lo estaba.»

«Bien.»

«¿Y tú?»

Julia sabía que podía mentir.

En vez de eso:

«Sí.»

Noah se recostó.

«¿Casi toda la noche?»

«Lo suficiente.»

Se rio.

La habitación silenciosa se sintió distinta.

No porque los demás se hubieran ido.

Porque ya no había nadie más a quien fingir que estaban mirando.

Noah dejó la butaca y se sentó en el otro extremo del sofá.

No cerca.

Más cerca.

A Julia le gustó la distancia.

«Has dicho que estás recién soltera», dijo él.

«Sí.»

«¿Esto te parece demasiado pronto?»

La pregunta estuvo bien hecha.

«No.»

«¿Demasiado raro?»

«Sí.»

«¿Raro malo?»

Lo pensó.

«No.»

Noah asintió.

Hablaron otra hora.

Al final ya no de la fiesta.

De relaciones.

Trabajo.

Su intento desastroso de cultivar tomates.

La costumbre de Julia de comprar libros que ya tenía porque se le olvidaba.

A las dos de la madrugada Julia se levantó.

«Debería irme.»

Noah se levantó también.

«Te pido un coche.»

«Puedo hacerlo yo.»

«Ya lo sé.»

«¿Entonces para qué lo ofreces?»

«Intento demostrar alguna utilidad después de traer solo mi personalidad.»

Julia se rio.

«Sigues en deuda.»

Fuera, la calle estaba tranquila.

Su coche tardaba seis minutos.

Se quedaron junto a la puerta.

Noah se metió las manos en los bolsillos.

«¿Sabes qué es molesto?»

«¿Qué?»

«He pasado toda la noche pensando si debería hablar contigo.»

«Has hablado conmigo.»

«Hablar de verdad.»

«Has tenido unas cinco horas.»

«Lo sé.»

«Rendimiento flojo.»

«De acuerdo.»

Julia dio un pequeño paso hacia él.

«Pues prueba ahora.»

Noah la miró.

«¿Qué se supone que digo?»

«Algo útil.»

Lo pensó.

«¿Cena?»

Julia sonrió.

«Mejor.»

«¿Viernes?»

«Bien.»

Su coche dobló la esquina.

Julia lo miró.

Después miró a Noah.

«Voy a cancelarlo.»

Él parpadeó.

«¿Segura?»

«Sí.»

Tocó la aplicación y vio cómo el coche seguía de largo.

Noah metió las manos en los bolsillos.

«Eso parece significativo.»

«No lo estropees.»

«Vale.»

Volvieron dentro.

La casa estaba en silencio.

Los anfitriones estaban arriba.

El salón todavía mostraba pruebas de la fiesta: vasos, cojines movidos, botellas vacías sobre la encimera de la cocina.

Julia se sentó en el sofá.

Noah tomó la silla de enfrente.

Ella se rio.

«¿Qué?»

«Lo estamos haciendo otra vez.»

«¿Sentarnos?»

«Mirar.»

Noah sonrió.

«Ya no hay nadie.»

«Exacto.»

Ese fue el momento.

Toda la noche encajó de golpe de otra forma.

Ambos habían dado por hecho que su interés estaba en los demás.

Pero las miradas que Julia recordaba con más claridad eran las de él.

Noah apoyado en la puerta de la cocina.

Noah pillándola mirando.

Noah sonriendo porque sabía.

«¿Me estabas mirando?», preguntó.

«Sí.»

«¿Cuánto?»

«Casi toda la noche.»

La respuesta directa le lanzó calor por el cuerpo.

«¿Por qué?»

Noah lo pensó.

«Porque parecía que querías verlo todo.»

Julia sonrió.

«¿Y?»

«Y quería saber cómo eras cuando alguien te miraba de vuelta.»

Eso era mucho mejor de lo que esperaba.

Julia se levantó.

Noah también.

«Siéntate», dijo.

Se sentó otra vez.

Levantó las cejas.

Julia no había planeado lo que iba a pasar.

Eso lo hacía mejor.

Se quitó el cárdigan.

Noah se quedó quieto.

Después la blusa.

Su expresión cambió.

«¿Bien?»

«Sí.»

«Bien.»

Julia se desabrochó el sujetador.

Noah vio cómo sus pechos quedaban libres.

Durante años Julia había preocupado por su cuerpo frente a espejos.

Bajo su atención se sintió distinta.

No juzgada.

Observada.

Deseada.

Julia se bajó los pantalones y la ropa interior.

Se quedó desnuda delante de él.

La erección de Noah era evidente.

La señaló.

«Tu turno.»

Él se rio suavemente.

«Me lo estaba preguntando.»

Noah se quitó la camiseta.

Después los pantalones.

Julia lo vio quitarse la ropa interior.

Su polla ya estaba dura.

Volvió a sentarse en el sofá y abrió las piernas.

«¿Sigues siendo espectador?»

Noah tragó saliva.

«Por ahora.»

Julia se tocó.

Sus ojos bajaron de inmediato.

Sonrió.

«Sutil.»

«Estás desnuda.»

«Es verdad.»

Se frotó el clítoris despacio.

La mano de Noah se cerró alrededor de su polla.

Durante varios minutos se masturbaron al otro lado de la habitación.

Era absurdamente íntimo.

Sin tocarse.

Solo contacto visual y el conocimiento deliberado de que el placer de cada uno estaba siendo observado.

Julia se metió dos dedos.

Noah gimió.

«¿Te gusta?»

«Sí.»

«Bien.»

Los movió más rápido.

Noah se masturbó.

Julia observó cómo se tensaban los músculos de su brazo, cómo cambiaba su respiración, cómo intentaba no ir demasiado deprisa.

«Ven aquí», dijo.

Noah se levantó.

Se detuvo a un metro.

Julia levantó la mirada.

«Bésame.»

Lo hizo.

El hombre contenido que había observado toda la noche besó como si llevara horas aguantándose.

Julia lo llevó al sofá.

Sus manos recorrieron su cuerpo.

Ella cerró los dedos alrededor de su polla.

Noah gimió contra su cuello.

La tocó entre las piernas.

«Mojada.»

«Qué perspicaz.»

Se rio.

«Perdón.»

«No te disculpes. Úsalo.»

Noah le metió dos dedos.

Julia echó la cabeza hacia atrás.

Él besó su pecho mientras la mano trabajaba entre sus muslos.

Ella se corrió más fuerte de lo esperado, agarrando su hombro y conteniendo un grito porque los anfitriones seguían arriba.

Cuando el orgasmo bajó, Julia empujó a Noah hacia atrás.

«Túmbate.»

Obedeció.

Se arrodilló entre sus piernas y se metió su polla en la boca.

Noah dejó de respirar.

Julia sonrió alrededor de él.

Le gustó el efecto.

Le gustó convertir al observador en observado.

Su mano tocó su pelo pero no empujó.

Julia se lo metió más profundo, despacio, y luego se apartó.

«¿Condón?»

Noah señaló su cartera.

«Claro.»

«Optimismo.»

«Preparación.»

«A las dos de la mañana es lo mismo.»

Encontró uno.

Se lo puso.

Después subió al sofá y se montó encima.

Noah sostuvo sus caderas.

Julia lo guio dentro.

Los dos se quedaron quietos.

El primer estiramiento profundo fue intenso y satisfactorio.

«¿Bien?», preguntó Noah.

«Sí.»

Empezó a cabalgarlo.

El sofá crujió.

Julia apoyó las manos en su pecho.

Noah la miraba.

Se dio cuenta de que eso era lo que quería.

No oscuridad.

No ojos cerrados.

Su mirada.

«Sigue mirándome.»

«No pensaba parar.»

Julia se movió más fuerte.

Noah empujó hacia arriba para encontrarla.

Ella se frotó el clítoris mientras lo cabalgaba.

Sus ojos siguieron su mano.

La observación se convirtió en parte del sexo y no solo en un preludio.

Julia se corrió de nuevo, los músculos apretándose alrededor de su polla.

Noah los giró con cuidado, dejándola debajo.

Ella abrió las piernas.

Él la folló más fuerte.

Julia se las envolvió alrededor de la cintura.

«Joder.»

Noah la besó.

«¿Demasiado?»

«No. Más.»

Le dio más.

Julia miró su cara mientras perdía el último resto de contención.

Noah se corrió con un gemido roto, el cuerpo tenso contra el suyo.

Se quedaron así unos segundos.

Después los dos empezaron a reír porque un cojín del sofá se había caído al suelo.

«Muy elegante», susurró Julia.

«Muchísimo.»

Se vistieron lo suficiente para no traumatizar a los anfitriones si alguien bajaba.

A las tres, sentados en la cocina bebiendo agua, Noah dijo: «Creo que entendimos mal la fiesta.»

Julia lo miró.

«¿Cómo?»

«Pensábamos que nos gustaba mirar a los demás.»

«Nos gustaba.»

«Sí.»

«¿Pero?»

Noah sonrió.

«Creo que me gustaba mirarte a ti.»

Julia le cogió la mano.

«Eso también.»

El viernes siguiente fueron a cenar.

Después Noah la acompañó a casa.

En su puerta Julia dijo: «¿Entras?»

Él sonrió.

«¿Puedo mirar?»

Julia abrió la puerta.

«Se anima.»

Esta vez no necesitaron una habitación llena de otras personas para entender qué les interesaba.

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