La ventana de la azotea

Dos vecinos convierten la distancia entre una ventana y una azotea en un juego de miradas elegido por ambos.

La primera vez que Nina lo vio, él estaba regando albahaca. Era decepcionantemente normal.

Su nuevo piso daba a otro edificio al otro lado de un estrecho callejón de servicio. A seis plantas de altura, las azoteas quedaban casi al mismo nivel. La mayoría de las tardes Nina trabajaba junto a la ventana abierta porque el aire de septiembre por fin era cálido.

Al otro lado aparecía un hombre en la azotea aproximadamente a la misma hora. Albahaca. Silla plegable. Cerveza. Durante una semana se ignoraron con educación. Después él saludó. Nina devolvió el saludo.

La tarde siguiente levantó un cartel de cartón: «HOLA, PERSONA DE LA VENTANA». Nina se rio y escribió detrás de una caja de reparto: «HOLA, PERSONA DE LA ALBAHACA». Así empezó.

Él se llamaba Leo y tenía treinta y cuatro años. Nina tenía treinta y dos. Se comunicaban mal a través del hueco hasta que Leo escribió su número en cifras enormes. Nina le mandó: «TU ALBAHACA TIENE MALA PINTA». Leo: «ATAQUE PERSONAL». Los mensajes se convirtieron en un hábito nocturno.

Ninguno cruzaba el callejón. Ninguno proponía encontrarse abajo. La distancia formaba parte del placer.

Un viernes Nina volvió tarde de tomar algo y encontró a Leo sentado en la azotea. Él escribió: «ESTÁS BORRACHA». Nina: «CALUMNIA». Leo: «HAS SALUDADO A UNA CHIMENEA». Ella se rio. Entonces notó que él no llevaba camiseta. No era extraordinario, salvo que nunca lo había visto así.

Nina se apoyó en el marco. «PRESUMIDO.» Leo miró el teléfono y luego a ella. «ESTÁS MIRANDO.» Nina contempló el mensaje. «ESTÁS VISIBLE.» Leo: «NO ES LO MISMO». Tenía razón. La diferencia se le quedó dentro.

La tarde siguiente Nina se cambió junto a la ventana abierta. No estaba desnuda. Tampoco fue accidental. Se quitó la blusa del trabajo y permaneció unos segundos en sujetador antes de ponerse una camiseta. El teléfono vibró. «¿ESO ERA PARA MÍ?» Nina sonrió. «QUIZÁ.» Leo: «RESPUESTA PELIGROSA». Nina: «PUEDES CERRAR LAS CORTINAS». Leo: «NO TENGO CORTINAS EN LA AZOTEA». Nina: «TRÁGICO».

El juego se afiló. Nada oculto. Nada robado. Si alguno quería intimidad, simplemente cerraba la ventana o se quedaba dentro. En lugar de eso, ambos se hicieron más visibles. Leo hacía ejercicio en la azotea. Nina empezó a leer junto a la ventana con menos ropa de la habitual.

Una noche ella llevaba una bata de seda y nada debajo. Leo lo sabía porque Nina se lo dijo. «ESA INFORMACIÓN PARECE INNECESARIA.» «ENTONCES OLVÍDALA.» «IMPOSIBLE.» Nina abrió un poco la bata. Al otro lado Leo dejó de moverse. «¿SIGUES PENSANDO QUE ERA INNECESARIA?» «NO.» Ella volvió a cerrarla.

El poder de la distancia la sorprendió. Él podía mirar. No podía tocar. Cada centímetro adicional de piel dependía por completo de la decisión de ella.

Tres noches después Leo escribió: «¿PUEDO PREGUNTAR ALGO DIRECTO?» «SÍ.» «¿QUIERES QUE TE MIRE?» Nina agradeció la pregunta más de lo esperado. «SÍ.» Tras una pausa añadió: «¿QUIERES QUE YO TE MIRE?» Leo: «MUCHO.»

Nina cerró con llave la puerta del piso y abrió completamente la ventana. Leo ya estaba en la azotea. Ella entró en su campo de visión con la bata y dejó que cayera. Leo permaneció inmóvil. Nina cruzó los brazos. El teléfono vibró: «ERES PRECIOSA». Nina respondió: «TU TURNO».

Leo dejó el teléfono y se quitó la ropa. Nina soltó una risa suave al ver lo evidente de su excitación. «SUTIL, YA VEO.» «MUCHO.» Ella se sentó en el ancho alféizar, con seguridad dentro de la habitación, y se colocó de forma que él pudiera verla. Leo empezó a tocarse. Nina hizo lo mismo.

Durante varios minutos ninguno usó el teléfono. No lo necesitaban. El callejón entre ambos se convirtió en todo el sentido del juego. Cada uno observaba al otro y cada gesto seguía siendo voluntario, visible y reversible simplemente alejándose de la ventana.

Leo tomó el teléfono con la mano libre. «¿PUEDO VER MÁS?» Nina lo miró, se acercó un poco más a la ventana y cambió de postura. «¿ASÍ?» Leo respondió con entusiasmo. Ella se rio y siguió tocándose mientras veía cómo el ritmo de él se aceleraba.

Nina escribió: «TODAVÍA NO». Leo leyó, se detuvo y levantó ambas manos en una rendición teatral. Ella sonrió y continuó. El orgasmo fue creciendo precisamente bajo la presión de ser observada porque ella había elegido cada parte de aquello. Cuando llegó, mantuvo la mirada de Leo al otro lado del callejón.

Leo recogió el teléfono. «¿AHORA?» Nina: «AHORA». Él volvió a tocarse hasta terminar. Después permanecieron donde estaban, desnudos y riéndose a través de seis metros de aire vacío.

Leo escribió: «¿CAFÉ MAÑANA?» Nina lo pensó. Conocerse cambiaría el juego. Quizá no pasaba nada. «10:00. ABAJO.» Leo: «POR FIN.» Nina: «LLEVA ROPA.» Leo: «GROSERA.»

Ella cerró la ventana. No porque hubiera terminado con ser observada, sino porque mañana, por primera vez, él estaría lo bastante cerca para tocarla.

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