La habitación al final del pasillo
Una pareja reserva la última habitación de un hotel para poder ser más ruidosa y brusca que en su piso de paredes finas.
El hotel había sido un alojamiento para viajantes en otra década y todavía se comportaba como tal. Pasillo largo. Un ascensor que suspiraba. Una máquina de hielo frente a la habitación 118 que traqueteaba cada veinte minutos. Freya había reservado la 120 porque el plano mostraba que estaba al final del pasillo, con un solo vecino y una puerta cortafuegos entre ellos y las escaleras. Ellis llevaba la bolsa. No habían hecho la maleta para un fin de semana. La habían hecho para una noche que no podían tener en el tercer piso de su edificio, donde la vecina tosía cuando el cabecero golpeaba.
En el coche habían repetido los límites porque Freya quería oírlos cerca del momento. Ella tenía treinta y siete años; él, treinta y nueve. La intensidad era bienvenida. Ciertas marcas acordadas también. Nada en la cara. Podía tirarle del pelo si primero lo recogía con la mano. Podía sujetarla. Nada de ahogar. Rojo detenía todo. Amarillo significaba cambiar lo que estaban haciendo, no salir corriendo del edificio. También habían hablado claramente de anticoncepción y de cómo querían terminar. Lo habían dicho dos veces para que ninguno improvisara nobleza en el último segundo.
La tarjeta falló una vez. La luz verde pareció un pequeño permiso. Dentro, la habitación era marrón, limpia y demasiado caliente. Freya apagó el radiador y se quedó junto a la ventana. El aparcamiento estaba medio vacío. Nadie en el pasillo. Ellis cerró la puerta y puso la cadena. Después la miró. «¿Sigue la lista?» «Sigue la lista. Quiero oírte comprobar cómo estoy. No quiero que seas educado.»
Él la besó con fuerza suficiente para hacerla chocar contra el armario. El espejo vibró. Freya se rio contra su boca y dejó de reír cuando él la giró y la inclinó sobre el mueble bajo donde estaba la bandeja del hervidor. La ropa se desplazó. El primer golpe acordado le arrancó un sonido. Los siguientes fueron deliberados. Ellis comprobó su respuesta. «Color.» «Verde. Más fuerte.»
La intensidad que siguió era exactamente la que nunca podían permitirse en casa. El mueble golpeaba la pared. Freya pensó en la habitación vacía al otro lado y dejó de contener la voz, probando el final del pasillo. No respondió ninguna tos. Esa libertad le recorrió el cuerpo. «Escucha», dijo. «Nadie. No se te ocurra bajar el ritmo.»
Él no lo hizo. Cambiaron de posición y continuaron con el tipo de fuerza que habían negociado, deteniéndose lo suficiente para comprobar el color cuando el cuerpo de ella empezó a temblar. «Verde», respondió Freya con la voz destrozada, y volvió a acercarlo.
La máquina de hielo arrancó en el pasillo. Los dos se rieron sin aliento y no pararon. Freya tomó después el control del ritmo, sintiendo el escozor de la piel y el peso de la mano de Ellis en su muslo. La habitación seguía siendo anónima y privada, y precisamente por eso podían ser más ruidosos de lo que se permitían en casa.
Quedaron tumbados en la habitación recalentada escuchando cómo terminaba el ciclo de la máquina. Ellis trajo agua del baño porque los vasos eran pequeños. Freya se puso de pie con el vestido a medio colocar y sonrió. «Otra vez antes de dormir. Más despacio si hace falta. Quiero la cadena puesta, tu mano en mi pelo y el pasillo vacío. Después desayunamos como si no hubiera pasado nada.» «Amarillo con el pelo si te molesta el cuero cabelludo.» «De acuerdo.»
Cuando volvieron a empezar fue con menos fuerza y la misma intención. Ellis comprobaba su cara en el reflejo negro del televisor y Freya seguía respondiendo con claridad. Después se ducharon mal en la cabina estrecha, no pidieron nada y durmieron con la máquina de hielo marcando las horas.
Por la mañana el pasillo estaba lleno de ruedas de maletas y de una familia que discutía en voz baja sobre el ascensor. Freya recorrió el pasillo con el vestido del día anterior y Ellis a su lado, ambos perfectamente corrientes. En la puerta cortafuegos le tocó la muñeca. «La misma habitación si la tienen el mes que viene.» «Al final del pasillo», dijo él. «O no funciona.»
Ella sonrió, dolorida y exacta, y abrió la puerta hacia las escaleras. A mitad de camino subía un empleado con una bandeja y los saludó como a cualquier pareja que llegaba tarde al checkout. Freya devolvió el saludo. Lo ocurrido arriba era privado; la cadena ya estaba abierta y la habitación 120 volvía a ser alfombra marrón y un hervidor que nadie había usado.
En el aparcamiento se detuvo con una mano en la puerta del coche. «No quiero que este se convierta en el único lugar donde decimos la verdad.» «No lo será», dijo Ellis, lanzando la bolsa al asiento trasero. «Puede ser el lugar donde somos más ruidosos. En casa también puede existir la lista, solo que no el cabecero.» Freya se sentó. El hotel parecía completamente corriente a la luz del día. «El mes que viene, entonces. Los mismos límites. Resérvalo antes de que me convenza de ser sensata.»